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Hace casi una década que una señora de Cartagena no encuentra a su marido. Las universidades españolas anuncian, casi a diario, el extravío de títulos oficiales, que vete a saber en manos de quién cae un doctorado. La historia diaria del Boletín Oficial del Estado es un folletín por capítulos sobre la pérdida. Sobre los extravíos particulares y los de interés general, como el de la transparencia. A falta de una ley que permita acceder a la información pública en condiciones, el paso por el BOE es el único imperativo que deben cumplir quienes gobiernan más allá de las puertas blindadas del Congreso y La Moncloa. Y esconde, sobre todo en estos tiempos, decretos, nombramientos, subvenciones y edictos que en las ruedas de prensa no se anuncian -o se esquilman- porque no hacen bonito.

Escudriñarlo es, o debería ser, labor de todos los medios de comunicación que hayan asumido esa historia de la responsabilidad social y el quinto poder, aunque sea a su manera. Muchos lo hacen. De hecho, cualquier ciudadano puede hacerlo, aquí lo tienen.  Entonces, ¿para qué puñetas me lo voy a leer yo cada mañana? Porque, después de ocho años en una redacción, ahora sí tengo tiempo para hacerlo.

Actualización en febrero de 2013: este blog me ha traído, entre otras muchas cosas estupendas, la oportunidad de emprender nuevos caminos para ejercer esta profesión. Ahora trabajo en la Fundación Ciudadana Civio.

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